¿Orden y progreso?

No es ni orden ni progreso. Río de Janeiro se quedó en el tiempo. Es como si en los ochenta o noventa, con el boom inmobiliario y turístico, hubieran ocupado cada parcela de tierra disponible para construir, y ahí se hubiera quedado. Los materiales de los edificios, los diseños, los colores, todo me hace dudar del año en el que estoy. Caminar por Ipanema y Copacabana, barrios tradicionales y conocidos, es como caminar por una cápsula del tiempo. En general ves turistas de playa: los reconocés por las mochilas grandes o los ojos claros europeos. Pero cada tanto- y hay que prestar atención- sale una señora de un edificio enrejado, con pantalón de vestir blanco, sombrero ancho, labios pintados y una cartera Longchamp. Se toma un taxi. Andá a saber a dónde va. A trabajar. De shopping. A hacer trámites.

RIO

Ipanema,

Parece que no, pero en Río vive gente. Detrás de la superficie y los adoquines blancos y negros hay personas que tienen playa de agua semi cristalina al alcance de su mano.

Antes me preguntaban por la ciudad y me daba igual. Brasil en general me daba igual.

Pero la cultura carioca te seduce y aunque no entiendas bien el portugués o te frustre la comunicación forzada, si conocés Río se te implantó un mensaje subliminal que de ahora en más te va a repetir: volvé, volvé, volvé a Brasil.

Iba caminando al supermercado y vi un cartel por la calle sobre El Mecanismo, la serie de Netflix que cuenta la investigación del Lava Jato. Me hice una nota mental: mirar esta serie; sé poco y nada del tema y es una forma didáctica de despertarme interés. La corte brasileña estaba por votar, en esos días, para que Lula fuera preso. Mucho malestar social. Mucha gente a favor. Y muchísima en contra. Pero mientras comía açaí en la playa yo pensaba que acá la realidad era otra.

Antes me preguntaban por la ciudad y en mi cabeza no había demasiadas referencias. Calor, mucho calor, insoportable, las favelas, el Cristo Redentor.

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“Vivir en una favela es un arte”; al lado de un puesto de prefectura

Pero Río es mucho más que eso. Es una de esas ciudades donde sentís que pasan cosas y que estando ahí sos parte de algo mayor que vos. No sabés bien qué, pero estás donde hay que estar. Lapa de noche es un universo entero de fiestas, música, bares, transpiración y alcohol. Santa Teresa de día es una villa camuflada por las escalinatas pintorescas de Selaron, su terreno en subida y bajada constante, sus tranvías de otro siglo. La playa de Ipanema es un desfile de cuerpos, colores de piel, comidas exóticas y policías militares. El agua salada un bálsamo necesario para la humedad y el calor constantes. La vista del morro y las favelas una imagen escalofriante que te recuerda la suerte que tenés de estar ahí, abajo, al nivel del mar.

Volviendo al aeropuerto las veía iluminarse a la madrugada. No sé por qué me fascinaron tanto. Quizás las favelas sean más taquilleras que las villas porque están a la vista de todos, sobre el morro, caen en picada y se iluminan al atardecer y amanecer. Son una amenaza, una evidencia, un fatalismo. Son la postal de una de las ciudades más famosas del mundo, junto a un Cristo que te recibe, y te salva. No tengo frase de remate final. Con este país no hay sentencia que valga; se le perdona todo. 

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El pelicano en su piedad

 

Hoy resucito este blog porque tengo una ciudad atorada en la garganta hace casi dos meses. Hoy volví a escribir sobre viajes, sobre ciudades y sobre cómo me siento un poco en casa cuando estoy lejos. 

Bourbon Street es una declaración contundente de todo lo que significa esta ciudad. Te penetra. Es libertad e independencia. Artistas callejeros hacen percusión con tambores caseros, la gente cae de los balcones y se rebalsa de los bares, das un paso, jazz, das otro paso, pop, das otro paso, un partido de baseball con el volumen que estalla en una pantalla gigante. Creo que el olor a cerveza está impregnado en las paredes, en el asfalto tibio, en el aliento de la gente.

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El último día fuimos a una plantación. Es uno de los lugares más fotografiados del mundo: tiene una entrada bordeada con 18 robles de más de 300 años de antigüedad, que desembocan en una mansión de época de dos pisos, con columnas romanas y balcones negros intimidantes. Me costó sentir la opresión. El maltrato. La injusticia. El falso derecho de superioridad. Simplemente me pareció un lugar lindo.

Lo que sí vi fue la opresión por contraste. La necesidad de expresión que impone la descendencia marcada de una historia cruel. Ahora les pagan, pero los afroamericanos siguen siendo los que limpian los baños públicos, venden comida en la calle, atienden en los servicios. 

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También hay otra cara. La ciudad oculta y mística. La de los vampiros y las brujas. La de Marie Laveau, la reina vudú. Pasé por su casa, ahora es un local de amuletos mágicos y especias. Del techo cuelgan plumas y cabezas de juguete y collares multicolor. Agarré el teléfono y saqué una foto. Apareció un señor gritándome NO PHOTOS, NO PHOTOS. Me asusté, me fui sin decir nada. Cuando miré el teléfono ahí había una foto psicodélica. Si la mirás bien, encontrás los cartelitos escritos a mano que dicen “No pictures; no cameras”. Uno enfoca lo que quiere.

Dicen que cuando se fundó la ciudad trajeron a presos de La Bastilla para poblarla, ya que Nueva Orleans era una colonia francesa. Y que también trajeron a mujeres para casar del Convento de las Ursulinas, las famosas “casquette girls”, porque las hicieron viajar con unas valijas que tenían forma de ataúd, para que no se arrugaran sus ajuares de novia. Después de tres meses viajando en la cubierta de un barco sin ver la luz del día, acostumbradas al frío parisino, llegaron al calor tropical de Louisiana. Dicen que cuando pisaron tierra les afectó tanto el sol que corrieron hasta el convento con sus ataúdes abajo del brazo. Y que así fue como los hombres libres de la ciudad se espantaron con la imagen. De ahí la leyenda de que en Nueva Orleans hay vampiros: los vampiros odian el sol y duermen en ataúdes.

En Preservation Hall toca jazz un conjunto afroamericano. Podés pedir canciones a la gorra, pero solamente canciones de Nueva Orleans. Del Río Mississippi. De Louisiana. Louis Armstrong principalmente. Preservation Hall es una choza que se cae a pedazos donde los jazzeros se reunían a tocar hasta quemarse las llemas de los dedos, porque el jazz estaba muriendo, pero puertas para afuera. Ellos lo mantuvieron vivo, aunque colgara de una cuerda.

La bandera oficial de Louisiana es una mamá pelícano pellizcándose el pecho con tres gotas de sangre, dándole de comer a sus crías. El pelícano en su piedad. Acá, es hasta que duela y cueste lo que cueste. “Qué tierna”, pensaron los primeros ciudadanos cuando vieron la imagen. “Que nos represente”. Mientras me contaban esto yo hacía la cuenta: hace solo 152 años se aprobó la Proclamación de Emancipación. Probablemente, sin saberlo, me haya cruzado con bisnietos de esclavos.

Dicen que si sacás fotos de noche podés encontrar cosas raras. Siluetas, objetos fuera de foco, humo en el éter. Que hay algo que no podés tocar pero podés sentir: es una presencia, está ahí y te persigue, te toca la espalda, te susurra al oído mientras caminas por abajo de los toldos en las callecitas de noche, y te dice: sos libre, ¿entendés lo que significa? No tenés precio, sé quien quieras ser, nada te frena. Podés. 

Paralelismo perpendicular

Me pasa que me despierto y pienso “Hace un año estaba en … con… haciendo…”. El efecto se triplicó cuando nos juntamos las bóvedas con Agu, nuestra amiga chilena. Fue tan fuerte arreglar que la pasaba a buscar por Callao y Quintana y que íbamos a Bullers por unas birras. Era la misma escena de unos meses atrás solo que sin la Porta Ticinese.

Les comparto un poco del popurrí de escenas que se me viene a la cabeza estos días, seguramente mucho más interesantes que mi rutina en Buenos Aires.

Me acuerdo de Praga, aquella ciudad embrujada que me voló la cabeza y me emborrachó con solo una pinta. Por momentos, me sentía una marioneta conducida por una fuerza mayor que movía a su antojo los hilos que sujetaban mis piernas para que caminara una y otra vez por el asombroso Puente Carlos. Tenía miedo de olvidar sus esculturas oscuras que miraban fijo a todo nuevo turista. Pero por suerte, encontré cómo mantener fresco este micromundo gótico. Con cada café matutino, miro mi taza de Kafka y escucho la guitarra del checo con pelo carré.

¿Qué se forma al dar vuelta a Roma? Una corrida a caballito, un mate en el foro, y un abrazo tímido de recién enamorados. Ahora puedo blanquearlo y decir que además de en TNT, también pasa en la vida real.  Se puede fijar el reencuentro en la Fontana di Trevi y almorzar una buena pasta carbonara juntos en Piazza Navona. Ahora somos felices y comemos perdices.

Estoy en carrera de aprender italiano en Duolingo para volver un día a Milán y charlar con Nour sobre el plantel del Inter una vez más mientras me convida una pizza de cuatro formaggi. Tengo sangre española y alemana en las venas pero sin embargo, estoy convencida de que en otra vida fui tana. Desde aquel viaje familiar y ahora intensificado por el intercambio, siento una atracción fatal. Todo se tiñe de verde, blanco y rojo. Y las únicas que me entienden en este sentimiento pasional son mis sorelle Sofi y Barbie, a las cuales hoy me une un bond indestructible, construido sobre complicidades y picardías.

Extraño horrores a mi amiga frozen. Sigo con la esperanza de dejarla que duerma en mi cama y llevarla a bailar a Shampoo. Quiero mostrarle un poco todo lo que le conté. Que vuelva a usar los vestidos y shorts que se ponía en Milán, y que abandone el volante por unos días para que sus zapatos se lleven un poco de hollín al polo norte.

Lo que empezó como cajón, se convirtió en mesa de luz. Espero que a lo largo de los años, llegue a ser ropero y que a pesar de ser viejas usemos las agujas para tejer más recuerdos. Cucs, ahora el dedal te toca a vos.

A un año

Camino por las calles de esta ciudad y hay algo en el aire que me susurra que no soy la misma Sofía del 2014; una brisa se ríe en mi oído porque estoy convencida de que hoy soy una mejor versión de mí misma.

Hace un año caminaba por las calles de Barcelona y en mi cabeza, Milán todavía no existía. Milán era un Duomo, y una ciudad de folleto. Una maqueta sin colores ni matices.

Casi sin darme cuenta me encuentro pensando bastante seguido en los seis meses que pasé en Europa, que fueron como un sueño muy largo. Me vienen flashes de avenidas imperiales en Viena, ruinas perdidas en Roma, cementerios en el medio de la montaña en Cinque Terre. O mis manos tecleando algún post en la cocina de nuestro humilde hogar en Milán, mis manos haciendo la lista del Esselunga, mis manos con un vaso de cerveza en Colonne di San Lorenzo, mis manos agarradas de otras en una alegría infinitamente finita.

Parece triste darnos cuenta cómo tan rápidamente nos acostumbramos a lo conocido, pero en el fondo lo que siento no es tristeza. Llegar a la capital de la moda y hacerla mi casa me tomó dos meses. Volver a Buenos Aires y sentirme parte de ella me llevó un día. Y sin embargo no volví solamente de un viaje, volví de una montaña rusa en donde me sacudieron y me hicieron perder el miedo a las alturas. En donde aprendí que el vértigo es algo lindo, no algo para temer.

A la semana de haber vuelto mi mano ya se había acomodado a la llave de entrada de casa, mis oídos ya reconocían las risas de mis amigas, mis pies caminaban solos en la oscuridad de mi cuarto. Durante cinco meses dormí en un departamento que daba a la calle pero que al ser un barrio residencial no tenía más sonido que el del camión de la basura. Acá vivo sobre la Avenida Santa Fe y el camión de la basura es tan solo uno de los tantos ruidos que escucho cada noche antes de irme a dormir. Todavía extraño el silencio de Via Brioschi.

No soy turista en Buenos Aires pero desde que volví me encanta mirar los edificios como si lo fuera y asombrarme con ojos de niña. A pesar de todo, me tocó vivir en un lugar con una inagotable oferta para fotógrafos y curiosos. Ojeo una esquina y me acuerdo de París, miro la geometría de las calles y pienso en Madrid. Miro mis pies y agradezco por haber tenido la suerte de que pisen todos estos lugares. A la altura del Obelisco y del Teatro Colón agarro mi teléfono y saco fotos esperando que porteños me crean española, o con suerte italiana.Vivir en una ciudad estéticamente bella, muy bella. Eso es un punto a favor.

El día mismo que llegué ordené todo mi placard y me declaré en estado de aburrimiento absoluto. Me había olvidado lo que era acostarse en la cama sin tener nada que hacer, sin que una voz interior te haga sentir culpable por no estar afuera viendo el Duomo o tomando un vinito en Parco Sempione. En Buenos Aires todo sigue en su lugar. La gente se despidió de mí durante todo Agosto con abrazos como si no me fuera a volver a ver por otros seis meses. “No me voy a ningún lado, che”- respondía. Por ahora me quedé y me quedaré, por ahora un poco de rutina y menos valijas que armar y desarmar.

En medio de la adaptación resulta que me recibí; como si un gran cambio cada seis meses no fuera suficiente. Y el lunes arranqué a trabajar. Si tuviera que tirar una moneda a la Fontana di Trevi y pedir cualquier deseo, pediría que la adultez me espere un par de años más. Todavía no quiero que me llegue, pero se que ahí está. Mirandome de reojo.

Todos necesitamos un poco de movimiento para volver a la tranquilidad, y un poco de tranquilidad para volver a arrancar con toda. Enero del 2015 y la rutina me encontró sonriendo y en paz.

El otro día recordábamos con las chicas y nos agarró nostalgia y un poco de miedo porque de a poco se van perdiendo en nuestra memoria miles de episodios. Como en un gran colador, va quedando solo lo esencial. Me gusta verlo de esa forma. No es que olvidemos cosas lindas, es que elegimos recordar las más lindas de todas.

Ayer fui al Camping del Buenos Aires Design a tomar algo con amigas. Me volví sola para el lado de la Iglesia del Pilar, y me quedé dando vueltas sin rumbo, mirando absorta la paleta de colores que se forma en la ciudad después de la lluvia.

Los detalles, al final, son los únicos que importan. Y los únicos que quedan.

Il Maestro me enseñó a volar alto

Estoy como Guido Anselmi en 8 ½. Ya no sé sobre qué quiero escribir, pero quiero hacerlo de todas formas. Hoy te toca escuchar (leer), maestro, y solo te pido que te quedes donde estás mientras te dedico lo que puedo.

Sabía tu nombre pero nada significaba para mí. Tenía un par de tus obras en mi lista de pendientes pero sospechaba que pasaría mucho tiempo hasta que las tachara. Me anoté en una materia que tenía tu nombre en su título, y creo que en esas clases toqué algo así como polvo de estrellas, oí verdades que nunca había escuchado a nadie siquiera susurrar.

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Tanto te estudié en estos últimos cuatro meses que debería saber muy bien cuál es el secreto. Pero con vos es más difícil. No manejo las palabras tan bien como vos manejabas la cámara. Te pido perdón, porque nunca te haré justicia, y te quiero dar las gracias, porque me diste esperanza y me enseñaste maravillas, todo proyectado entre cuatro líneas, un guion, personas como vos y música. De alguna manera agarraste todas las flores del mundo y te salió un perfume perfecto. De esos que no empalagan, que duran, que dan placer de impregnar en el cuerpo.

Tus películas son para sentirlas con cada poro de la piel, para pensarlas con cada neurona, para aprender a amarlas con cada latido del corazón. Hay algo en ellas, cosas que me exceden, que dejaron una huella imborrable en el centro de quien soy.

Dudo que te hubiera conocido tan bien como lo hice si no hubiera sido por esta clase. Estoy eternamente agradecida a mi decisión aleatoria de haberla elegido, y sobre todo a la profesora que me enseñó, como nunca nadie lo había hecho, a desglosar una película y a disfrutar de cada segundo, ángulo, sonido: a entender cómo se llega a la perfección del tiempo y el espacio cuando una voz grita acción y después un par de dedos cortan y pegan en una pantalla.

Qué honor habrá sido para quienes trabajaron con vos en Cinecittà y te vieron ser un admirable tirano; qué gran dúo vos y tu mujer, qué estados del alma habrán sentido quienes iban al cine a ver tus películas. No entenderlas, odiarlas, analizarlas y después reverenciarlas como yo lo hago ahora. Con los grandes pasa eso: hablan en el idioma de los dioses, y el idioma de los dioses puede ser inentendible.

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Me enorgullece hablar de vos, se me infla el pecho como si fueras mi país o mi bandera, y en el fondo un poco lo sos: mi bandera. O al menos, flameas bien en alto todo aquello en lo que creo. Saber quién sos y entenderte me hace sentir importante. Todavía me queda mucho por ver y aprender; me da felicidad que el camino no esté ni cerca de terminarse.

Cada escena de tus películas es un caos perfecto; cada encuadre un tiro al blanco lanzado con la precisión de un cirujano; cada guion, aunque no les dieras tanta importancia, una frase para el recuerdo; cada actuación dirigida por vos, merecedora de un premio. La música de Nino Rota y tus películas son la pareja perfecta, melodías fuertes en sentimiento pero equilibradas en volumen.

¿De dónde viene tanta inspiración, semejante homenaje a la creatividad y al arte? Veo lo que hiciste y pienso que fuiste tocado por algo superior. Nunca en tu vida pisaste una escuela de cine y sin embargo hiciste algunas de las mejores películas de la historia. Te ganaste el título de “director superestrella” y te volviste a tu casa cuatro veces con estatuillas de mejor película extranjera, más un Óscar Honorario como director.

Contaste, en una de tus obras maestras, la vida de un pueblo, la historia de una familia, el crecimiento de un niño; todo de manera tan universal que uno no puede evitar sonreír. Cada capítulo gestado de tu propia vida, tu propia infancia. ¿Cómo es posible hacer semejante poesía visual tan solo con los recuerdos? Vaya cápsula de tiempo.

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Sos tan genial que incluso hiciste una película tan perfecta que no dejaste lugar a la crítica: las incluiste a todas en ella. Sos un director de cine que en un momento de crisis hizo una película sobre un director de cine que tenía una crisis mientras hacía su película. Y sí, tus productores te tenían miedo; no sabían con qué nuevo invento ibas a saltar. Y sin embargo, cada película tuya que se estrenaba, era un éxito. Nos miraste a todos a los ojos y nos dijiste: la creatividad es una fuente infinita para los que tenemos algo que decir; la vida es una fiesta que vale la pena celebrar.

Una de tus más famosas causó revuelo en la Italia de aquella época, y se me ocurre que las mejores películas son las que no buscan complacer a todos, aquellas que dividen a quienes las ven entre el amor y el odio, entre la alabanza y los insultos. Antes de criticar, mejor mirarnos el propio ombligo a ver por qué lo estamos haciendo. Esta película no fue simplemente una creación del séptimo arte: fue un espejo para quienes no tenían el valor de mirarse en uno real. En tres horas ilustraste la decadencia de una sociedad, dejando una coda final de esperanza en la sonrisa de una joven con cara de ángel.

Hiciste saltar a la fama a grandes como Marcello Mastroiani y Roberto Benigni; serviste de inspiración a grandes como Ingmar Bergman, Paolo Sorrentino, Martin Scorsese, Stanley Kubrick, y a otros tantos desconocidos también, amantes del cine que encuentran en tus obras más verdad que en cualquier religión. Sos la razón por la cual muchos héroes anónimos agarran su cámara de bolsillo y empiezan a experimentar. Trajiste esperanza en un mundo corroído por la negatividad; diste vida eterna a simples mortales. Federico Fellini, hiciste cosas imposibles. Y por eso te estoy eternamente agradecida.

 

P.D: Feli piensa lo mismo.

 

 

 

La Dolce Vita

Mítica escena de La Dolce Vita, en la Fontana di Trevi. Con Marcello Mastroianni y Anita Ekberg.

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Federico Fellini con su mujer Giulietta Masina. Gran actriz, musa del director, y por siempre inmortalizada en el cine con personajes como Gelsomina en La Strada y Cabiria en Le Notti di Cabiria.

Islandia, ahí bien arriba en el mapa

Escribo desde Islandia, sí, la otra punta del mundo. Hasta el policía de migraciones se sorprendió al ver mi pasaporte. No debe ser muy habitual que argentinos viajen a un país que asimilamos como una “mini Groenlandia” o una península perdida del polo norte. No tenía una imagen mental ni ningún plan original de visitar esta isla, pero ya ven, me hice una muy amiga islandesa en Milán, y su invitación era una oportunidad única. Las luces verdes y violetas en el cielo no se pueden ver en “su” verano porque hay 24 horas de luz. Es loquísimo como necesito chequear el reloj para entender en que momento del día estoy parada. La medianoche es igual al mediodía y el mediodía es igual a la medianoche. La vida gira en torno a un efecto psicodélico. Podemos seguir en ruta a la madrugada total no es peligroso manejar de noche. Y así van pasando quinientas cascadas, montañas nevadas, sierras, glaciares, geyseres, y muchas, muchas ovejas por la pantalla delantera del auto. Todo es lindo y un amante de la naturaleza perdería la cordura de tanto mirar. Parece la Patagonia con Iguazú compactada, pero mucho más solitaria. Sólo viven 330.000 personas en todo el país y las ciudades son más pueblitos de pescadores que otra cosa. Creen en los duendes y los trolls. Las mujeres son todas albinas de ojos celestes y acá el agua no es una commodity, total “tienen en abundancia”. Me espanté un poco como la derrochan junto con la comida. En fin, no podíamos ser parecidos estando a millones de kilómetros de distancia. Es lindo volver al verde y perderme con el movimiento en zig zag del río, bailar atrás de una cascada adentro de una cueva y nadar en aguas termales después de sentir mucho frío. Es realmente cierto que los icebergs sólo muestran un 10% de su superficie. Esa metáfora tantas veces usada para reflejar el producto final de X cosa fue confirmada por una guía en los glaciares. El 90% de mis días en Islandia entonces quedan reservados para mi en las profundidades. Luego de tanta capital europea, por fin el silencio y la paz para decantar. Saludable último viaje antes de volver a casa.

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Mein deutscher Großvater

De Hamburgo no puedo decirles mucho, tuve una impresión de ella sobre ruedas. Pude ver que es muy moderna y cero turística. Como dato de color, tiene el segundo puerto más grande de Europa. Pinta ser un buen lugar donde vivir. Mi bisabuela era hamburguesa (y yo fui milanesa jeje) y elegí vivir esta ciudad junto a un geronto. Algo en común encontré. Y me gustó. Porque mi objetivo en pasar varios días en Alemania era encontrar el espíritu de mis antepasados, de mi colegio, de vivir lo que tantas veces me contaron de la Segunda Guerra y esta gran potencia. Lección numero 1: una vez más no hay que escuchar a los estereotipos, los alemanes no son fríos. Existen tipos como Wolfgang que con sus 76 años y dos bypass me joroba por ser dormilona y comer rápido; me preguntaba sí su hijo me había dado un beso para que lo acompañe a un casamiento en Grecia; me chocaba la cabeza con su casco de estrellas en cada semáforo, me compraba salmón para el desayuno porque sabe que me gusta, me dio un juego de llaves de la casa y me preguntó si tenía registro para prestarme su auto. Así es, mi paso por esta ciudad nórdica alemana fue viviendo con el papá de un amigo que me hice en Milán y del cuál llegué a establecer una relación más profunda que con cualquiera de los padres de amigas de toda la vida.
Jugué o me sentí de verdad como si fuera su nieta: hacíamos pausas de 5 minutos porque se cansaba de caminar, le alcanzaba los remedios, le avisaba que estaba sonando el teléfono y le acercaba mi plato para que me robe ese pedazo de comida que relojeaba con deseo. Lamento que mi alemán del colegio sea tan básico y sólo haya podido tirarle algunas palabras sueltas que lo hacían sonreír: “gutten nacht grossvater”. Pero lo lindo de todo esto es que nos hicimos compañía mutua con los primeros partidos del mundial de fondo. Hamburgo fue mi primer destino de este mes y medio viajando sola, y este viejito no pudo haberme tratado mejor. Me buscó por el aeropuerto con un cartel con mi nombre y me dejó en la estación de tren cuando partí. Y eso que eran las 6 de la mañana y yo me había negado a aceptar tal gesto. Pero ya ven, los alemanes consiguen todo lo que quieren. Y este Wolfgang rompía con todos los parámetros nacionales. Por momentos me olvidaba con quien estaba tomando café en un balconcito sobre la calle, y por otros veía tanto a su hijo “Joschi” reflejado que mi día se alimentaba de ese encuentro tan rico y anormal. Supe entender más las conductas poco serias de mi amigo en Milán y el porqué de sus locuras. La respuesta era clara: tiene un viejo que se mueve en vespa a todos lados y sólo se preocupa por pintar animales.

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Arrivederci

Siento que hasta que no escriba esto, no me voy a poder despedir de vos. Quizás es por eso que no quiero hacerlo. Ya lo sé, que poder decir adiós es crecer, pero también vos deberías saber que tengo síndrome de Peter Pan y no quiero crecer nunca. ¿Qué hago? ¿Cómo empiezo? ¿Cómo resumo solo con palabras esto que hiciste de mí en los últimos cinco meses?

Tengo una aguja clavada en el centro de mi pecho. Si la saco, muero al instante. Si la dejo, muero lentamente. Vos no podes ayudarme, vos me clavaste esta aguja. Sé que voy a tener que dejarla para siempre acá adentro, como una marca imborrable de lo que sos, de lo que soy, de lo que fuimos. Voy a tener que morir lentamente y cada vez que me mueva un poco, la aguja se va a hacer notar y medio me va a sacar una lágrima, medio me va a robar una sonrisa.

Eso que sentí ayer cuando vi el Duomo otra vez después de 15 días es el sentimiento más perfecto del amor y del hogar. Y sí, qué voy a hacerle, acá me siento en casa. Voy al supermercado sabiendo que probablemente sea la última vez que lo haga. Ya no hay más despedidas, esta es una ciudad que está en un limbo de semestres y los jóvenes que no son milaneses ya volvieron a sus casas o están recorriendo Europa. Y yo, acá, tan apegada a vos, tan feliz por lo que viví, tan triste porque tengo que dejarte ir.

Antes de venir acá, una amiga me dijo: “Vas a ir a donde tengas que ir”. Y no es que seas perfecta para mí, es que yo me hice perfecta con y gracias a vos.

Sos Elizabeth Bennet de Orgullo y Prejuicio: la hija rebelde pero la preferida de su padre. Sos Italia, sí. Pero tampoco del todo.

¿Cómo es posible enamorarse tan perdidamente de una ciudad? Milán, me hace feliz tu Castello Sforzesco iluminado de noche. Tu Duomo tan magnífico de mármol blanco; tu gente tan italiana pero no; tu sofisticación y tu estilo; tus calles laberínticas; tus cables en el cielo; hasta tus obras en construcción que te preparan para la Expo Universal del año que viene.

Y al mismo tiempo, los recuerdos que más me quedan son esas birritas después de los exámenes en el Bar Magenta, ataques de shopping por el Corso Vittorio Emmanuelle, panzazos de comida en La Bóveda, aperitivos con amigos, la ebriedad de Colonne di San Lorenzo, encuentros en la plaza de acá a la esquina, ángeles guiando nuestro camino con palabras de aliento, risas descontroladas en el transporte público o en casa o en clase o en donde sea, armar valijas, desarmar valijas, poner ropa a lavar, cocinar, planchar, lavar, vivir.

Al final, quién hubiera dicho que la despedida más difícil no sería con una persona de carne y hueso.

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Navega, sin ser nunca sumergido

¿Qué hacen los parisinos en los Jardines de Luxemburgo un domingo a las 7 pm? ¿Cuántas personas habrán escrito hoy en este parque el nombre del parque? ¿Cuántas más personas como yo hay acá? Almas que creen encontrarse en la escritura, deseos de hacer cosas imposibles, llegar a la inspiración divina mirando la geometría de las flores o los pliegues de las estatuas.
París se deja recorrer. Hay algo en el aire, un no sé qué de otra época. No hace falta viajar en el tiempo. El simple hecho de estar allá es viajar al pasado. Y entonces tengo una revelación: Medianoche en París es una metáfora. “Sí, al final es sólo un truco”.
Absolutamente todas las sillas de los cafés miran a aquel desfile que son las rues parisinas. Un espectáculo de arquitectura y un crisol de razas; una pasarela del mundo.
Acá, por algún motivo, las palomas son más grandes. Creo entender ese deseo franco de regresar a la “grandeur” y me imagino a intelectuales extranjeros viniendo a conocer este lugar enigmático, y queriendo después copiar a imagen y semejanza a sus propias patrias. Se me ocurre que con Buenos Aires lo lograron en algunas esquinas.
Los parisinos no son tan amables, pero yo los entiendo. Su señora París se ha vuelto una ciudad de extranjeros por la que a veces caminan locales. Por la que a veces, a las 7 pm en los Jardines de Luxemburgo, hay locales.
Hoy, domingo, está repleto de gente, y yo no dejo de preguntarme cómo será la rutina viviendo en lugares como este.
Jean- Paul Sartre y Simone de Beauvoir andaban por el barrio de Montparnasse, al igual que Julio Cortázar. “Es un hombre muy querido, viene mucha gente a visitarlo”, me dijo un señor al pie de su tumba en el cementerio del barrio. “Era tan alto! Yo lo conocí una vez, hace más de 30 años… Muy simpático, y hablaba muy bien francés”. Ahí mismo, me encontré con unos peruanos que me preguntaron sí era pariente “del maestro”. Sonreí y negué con la cabeza. A veces, me gustaría poder mentir sin culpa.
Ernest Hemingway se sentaba a escribir en los cafés del Barrio Latino, por donde vivía, allá por la calle Cardenal Lemoine. Henrí de Toulousse- Lautrec pintaba burdeles y se inspiraba con prostitutas en Montmartre, donde también la Amélie del cine ayudaba a la gente.
Cae el sol y entiendo todo. París puede ser como la Tierra misma: inabarcable, imposible de conocer en su totalidad.
Hace frío ya, corre viento y me debería ir yendo. La gente levanta sus picnics y se prepara para encarar la semana. Yo sigo sentada, dejando que el viento me acaricie.
Pasa una horda de turistas asiáticos. Sigo acá, pensando que la mayor desventaja de la capital francesa se vuelve su fuerte. Es una de las ciudades más turísticas del mundo. La gente molesta y agota. Hacer filas puede ser un santo suplicio (ja). Sin embargo, hay algo. No sé qué es, pero está. Es un secreto que corre en el aire o en la corriente del Sena. No lo pueden atrapar ni las cámaras de fotos ni los cuadernos de viaje ni los museos. Lo que quiero decir es algo que viene tan de adentro mío que se me escapa. No sé cómo terminar esto. No sé cómo explicarlo, sólo puedo vivirlo.
Ya es la hora. Guardo mis cosas, y camino lento como nunca lo hago hacia afuera. Cruzo el umbral y me doy cuenta que me quedan pocos domingos hasta que vuelva a la rutina. Aunque también, son cada vez son más los que guardo con llave en el cajón.

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