La tragedia griega es que pasó un año

Hace un año La Bóveda llegaba a Atenas en un vuelo desde Malpensa Aeroporto. No tengo palabras. Y todos sabemos que cuando se acaban las palabras, salen los cañones.

(Y si no tenemos cañones, siempre podemos compartir un video)

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Paralelismo perpendicular

Me pasa que me despierto y pienso “Hace un año estaba en … con… haciendo…”. El efecto se triplicó cuando nos juntamos las bóvedas con Agu, nuestra amiga chilena. Fue tan fuerte arreglar que la pasaba a buscar por Callao y Quintana y que íbamos a Bullers por unas birras. Era la misma escena de unos meses atrás solo que sin la Porta Ticinese.

Les comparto un poco del popurrí de escenas que se me viene a la cabeza estos días, seguramente mucho más interesantes que mi rutina en Buenos Aires.

Me acuerdo de Praga, aquella ciudad embrujada que me voló la cabeza y me emborrachó con solo una pinta. Por momentos, me sentía una marioneta conducida por una fuerza mayor que movía a su antojo los hilos que sujetaban mis piernas para que caminara una y otra vez por el asombroso Puente Carlos. Tenía miedo de olvidar sus esculturas oscuras que miraban fijo a todo nuevo turista. Pero por suerte, encontré cómo mantener fresco este micromundo gótico. Con cada café matutino, miro mi taza de Kafka y escucho la guitarra del checo con pelo carré.

¿Qué se forma al dar vuelta a Roma? Una corrida a caballito, un mate en el foro, y un abrazo tímido de recién enamorados. Ahora puedo blanquearlo y decir que además de en TNT, también pasa en la vida real.  Se puede fijar el reencuentro en la Fontana di Trevi y almorzar una buena pasta carbonara juntos en Piazza Navona. Ahora somos felices y comemos perdices.

Estoy en carrera de aprender italiano en Duolingo para volver un día a Milán y charlar con Nour sobre el plantel del Inter una vez más mientras me convida una pizza de cuatro formaggi. Tengo sangre española y alemana en las venas pero sin embargo, estoy convencida de que en otra vida fui tana. Desde aquel viaje familiar y ahora intensificado por el intercambio, siento una atracción fatal. Todo se tiñe de verde, blanco y rojo. Y las únicas que me entienden en este sentimiento pasional son mis sorelle Sofi y Barbie, a las cuales hoy me une un bond indestructible, construido sobre complicidades y picardías.

Extraño horrores a mi amiga frozen. Sigo con la esperanza de dejarla que duerma en mi cama y llevarla a bailar a Shampoo. Quiero mostrarle un poco todo lo que le conté. Que vuelva a usar los vestidos y shorts que se ponía en Milán, y que abandone el volante por unos días para que sus zapatos se lleven un poco de hollín al polo norte.

Lo que empezó como cajón, se convirtió en mesa de luz. Espero que a lo largo de los años, llegue a ser ropero y que a pesar de ser viejas usemos las agujas para tejer más recuerdos. Cucs, ahora el dedal te toca a vos.

A un año

Camino por las calles de esta ciudad y hay algo en el aire que me susurra que no soy la misma Sofía del 2014; una brisa se ríe en mi oído porque estoy convencida de que hoy soy una mejor versión de mí misma.

Hace un año caminaba por las calles de Barcelona y en mi cabeza, Milán todavía no existía. Milán era un Duomo, y una ciudad de folleto. Una maqueta sin colores ni matices.

Casi sin darme cuenta me encuentro pensando bastante seguido en los seis meses que pasé en Europa, que fueron como un sueño muy largo. Me vienen flashes de avenidas imperiales en Viena, ruinas perdidas en Roma, cementerios en el medio de la montaña en Cinque Terre. O mis manos tecleando algún post en la cocina de nuestro humilde hogar en Milán, mis manos haciendo la lista del Esselunga, mis manos con un vaso de cerveza en Colonne di San Lorenzo, mis manos agarradas de otras en una alegría infinitamente finita.

Parece triste darnos cuenta cómo tan rápidamente nos acostumbramos a lo conocido, pero en el fondo lo que siento no es tristeza. Llegar a la capital de la moda y hacerla mi casa me tomó dos meses. Volver a Buenos Aires y sentirme parte de ella me llevó un día. Y sin embargo no volví solamente de un viaje, volví de una montaña rusa en donde me sacudieron y me hicieron perder el miedo a las alturas. En donde aprendí que el vértigo es algo lindo, no algo para temer.

A la semana de haber vuelto mi mano ya se había acomodado a la llave de entrada de casa, mis oídos ya reconocían las risas de mis amigas, mis pies caminaban solos en la oscuridad de mi cuarto. Durante cinco meses dormí en un departamento que daba a la calle pero que al ser un barrio residencial no tenía más sonido que el del camión de la basura. Acá vivo sobre la Avenida Santa Fe y el camión de la basura es tan solo uno de los tantos ruidos que escucho cada noche antes de irme a dormir. Todavía extraño el silencio de Via Brioschi.

No soy turista en Buenos Aires pero desde que volví me encanta mirar los edificios como si lo fuera y asombrarme con ojos de niña. A pesar de todo, me tocó vivir en un lugar con una inagotable oferta para fotógrafos y curiosos. Ojeo una esquina y me acuerdo de París, miro la geometría de las calles y pienso en Madrid. Miro mis pies y agradezco por haber tenido la suerte de que pisen todos estos lugares. A la altura del Obelisco y del Teatro Colón agarro mi teléfono y saco fotos esperando que porteños me crean española, o con suerte italiana.Vivir en una ciudad estéticamente bella, muy bella. Eso es un punto a favor.

El día mismo que llegué ordené todo mi placard y me declaré en estado de aburrimiento absoluto. Me había olvidado lo que era acostarse en la cama sin tener nada que hacer, sin que una voz interior te haga sentir culpable por no estar afuera viendo el Duomo o tomando un vinito en Parco Sempione. En Buenos Aires todo sigue en su lugar. La gente se despidió de mí durante todo Agosto con abrazos como si no me fuera a volver a ver por otros seis meses. “No me voy a ningún lado, che”- respondía. Por ahora me quedé y me quedaré, por ahora un poco de rutina y menos valijas que armar y desarmar.

En medio de la adaptación resulta que me recibí; como si un gran cambio cada seis meses no fuera suficiente. Y el lunes arranqué a trabajar. Si tuviera que tirar una moneda a la Fontana di Trevi y pedir cualquier deseo, pediría que la adultez me espere un par de años más. Todavía no quiero que me llegue, pero se que ahí está. Mirandome de reojo.

Todos necesitamos un poco de movimiento para volver a la tranquilidad, y un poco de tranquilidad para volver a arrancar con toda. Enero del 2015 y la rutina me encontró sonriendo y en paz.

El otro día recordábamos con las chicas y nos agarró nostalgia y un poco de miedo porque de a poco se van perdiendo en nuestra memoria miles de episodios. Como en un gran colador, va quedando solo lo esencial. Me gusta verlo de esa forma. No es que olvidemos cosas lindas, es que elegimos recordar las más lindas de todas.

Ayer fui al Camping del Buenos Aires Design a tomar algo con amigas. Me volví sola para el lado de la Iglesia del Pilar, y me quedé dando vueltas sin rumbo, mirando absorta la paleta de colores que se forma en la ciudad después de la lluvia.

Los detalles, al final, son los únicos que importan. Y los únicos que quedan.

Il Maestro me enseñó a volar alto

Estoy como Guido Anselmi en 8 ½. Ya no sé sobre qué quiero escribir, pero quiero hacerlo de todas formas. Hoy te toca escuchar (leer), maestro, y solo te pido que te quedes donde estás mientras te dedico lo que puedo.

Sabía tu nombre pero nada significaba para mí. Tenía un par de tus obras en mi lista de pendientes pero sospechaba que pasaría mucho tiempo hasta que las tachara. Me anoté en una materia que tenía tu nombre en su título, y creo que en esas clases toqué algo así como polvo de estrellas, oí verdades que nunca había escuchado a nadie siquiera susurrar.

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Tanto te estudié en estos últimos cuatro meses que debería saber muy bien cuál es el secreto. Pero con vos es más difícil. No manejo las palabras tan bien como vos manejabas la cámara. Te pido perdón, porque nunca te haré justicia, y te quiero dar las gracias, porque me diste esperanza y me enseñaste maravillas, todo proyectado entre cuatro líneas, un guion, personas como vos y música. De alguna manera agarraste todas las flores del mundo y te salió un perfume perfecto. De esos que no empalagan, que duran, que dan placer de impregnar en el cuerpo.

Tus películas son para sentirlas con cada poro de la piel, para pensarlas con cada neurona, para aprender a amarlas con cada latido del corazón. Hay algo en ellas, cosas que me exceden, que dejaron una huella imborrable en el centro de quien soy.

Dudo que te hubiera conocido tan bien como lo hice si no hubiera sido por esta clase. Estoy eternamente agradecida a mi decisión aleatoria de haberla elegido, y sobre todo a la profesora que me enseñó, como nunca nadie lo había hecho, a desglosar una película y a disfrutar de cada segundo, ángulo, sonido: a entender cómo se llega a la perfección del tiempo y el espacio cuando una voz grita acción y después un par de dedos cortan y pegan en una pantalla.

Qué honor habrá sido para quienes trabajaron con vos en Cinecittà y te vieron ser un admirable tirano; qué gran dúo vos y tu mujer, qué estados del alma habrán sentido quienes iban al cine a ver tus películas. No entenderlas, odiarlas, analizarlas y después reverenciarlas como yo lo hago ahora. Con los grandes pasa eso: hablan en el idioma de los dioses, y el idioma de los dioses puede ser inentendible.

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Me enorgullece hablar de vos, se me infla el pecho como si fueras mi país o mi bandera, y en el fondo un poco lo sos: mi bandera. O al menos, flameas bien en alto todo aquello en lo que creo. Saber quién sos y entenderte me hace sentir importante. Todavía me queda mucho por ver y aprender; me da felicidad que el camino no esté ni cerca de terminarse.

Cada escena de tus películas es un caos perfecto; cada encuadre un tiro al blanco lanzado con la precisión de un cirujano; cada guion, aunque no les dieras tanta importancia, una frase para el recuerdo; cada actuación dirigida por vos, merecedora de un premio. La música de Nino Rota y tus películas son la pareja perfecta, melodías fuertes en sentimiento pero equilibradas en volumen.

¿De dónde viene tanta inspiración, semejante homenaje a la creatividad y al arte? Veo lo que hiciste y pienso que fuiste tocado por algo superior. Nunca en tu vida pisaste una escuela de cine y sin embargo hiciste algunas de las mejores películas de la historia. Te ganaste el título de “director superestrella” y te volviste a tu casa cuatro veces con estatuillas de mejor película extranjera, más un Óscar Honorario como director.

Contaste, en una de tus obras maestras, la vida de un pueblo, la historia de una familia, el crecimiento de un niño; todo de manera tan universal que uno no puede evitar sonreír. Cada capítulo gestado de tu propia vida, tu propia infancia. ¿Cómo es posible hacer semejante poesía visual tan solo con los recuerdos? Vaya cápsula de tiempo.

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Sos tan genial que incluso hiciste una película tan perfecta que no dejaste lugar a la crítica: las incluiste a todas en ella. Sos un director de cine que en un momento de crisis hizo una película sobre un director de cine que tenía una crisis mientras hacía su película. Y sí, tus productores te tenían miedo; no sabían con qué nuevo invento ibas a saltar. Y sin embargo, cada película tuya que se estrenaba, era un éxito. Nos miraste a todos a los ojos y nos dijiste: la creatividad es una fuente infinita para los que tenemos algo que decir; la vida es una fiesta que vale la pena celebrar.

Una de tus más famosas causó revuelo en la Italia de aquella época, y se me ocurre que las mejores películas son las que no buscan complacer a todos, aquellas que dividen a quienes las ven entre el amor y el odio, entre la alabanza y los insultos. Antes de criticar, mejor mirarnos el propio ombligo a ver por qué lo estamos haciendo. Esta película no fue simplemente una creación del séptimo arte: fue un espejo para quienes no tenían el valor de mirarse en uno real. En tres horas ilustraste la decadencia de una sociedad, dejando una coda final de esperanza en la sonrisa de una joven con cara de ángel.

Hiciste saltar a la fama a grandes como Marcello Mastroiani y Roberto Benigni; serviste de inspiración a grandes como Ingmar Bergman, Paolo Sorrentino, Martin Scorsese, Stanley Kubrick, y a otros tantos desconocidos también, amantes del cine que encuentran en tus obras más verdad que en cualquier religión. Sos la razón por la cual muchos héroes anónimos agarran su cámara de bolsillo y empiezan a experimentar. Trajiste esperanza en un mundo corroído por la negatividad; diste vida eterna a simples mortales. Federico Fellini, hiciste cosas imposibles. Y por eso te estoy eternamente agradecida.

 

P.D: Feli piensa lo mismo.

 

 

 

La Dolce Vita

Mítica escena de La Dolce Vita, en la Fontana di Trevi. Con Marcello Mastroianni y Anita Ekberg.

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Federico Fellini con su mujer Giulietta Masina. Gran actriz, musa del director, y por siempre inmortalizada en el cine con personajes como Gelsomina en La Strada y Cabiria en Le Notti di Cabiria.

Islandia, ahí bien arriba en el mapa

Escribo desde Islandia, sí, la otra punta del mundo. Hasta el policía de migraciones se sorprendió al ver mi pasaporte. No debe ser muy habitual que argentinos viajen a un país que asimilamos como una “mini Groenlandia” o una península perdida del polo norte. No tenía una imagen mental ni ningún plan original de visitar esta isla, pero ya ven, me hice una muy amiga islandesa en Milán, y su invitación era una oportunidad única. Las luces verdes y violetas en el cielo no se pueden ver en “su” verano porque hay 24 horas de luz. Es loquísimo como necesito chequear el reloj para entender en que momento del día estoy parada. La medianoche es igual al mediodía y el mediodía es igual a la medianoche. La vida gira en torno a un efecto psicodélico. Podemos seguir en ruta a la madrugada total no es peligroso manejar de noche. Y así van pasando quinientas cascadas, montañas nevadas, sierras, glaciares, geyseres, y muchas, muchas ovejas por la pantalla delantera del auto. Todo es lindo y un amante de la naturaleza perdería la cordura de tanto mirar. Parece la Patagonia con Iguazú compactada, pero mucho más solitaria. Sólo viven 330.000 personas en todo el país y las ciudades son más pueblitos de pescadores que otra cosa. Creen en los duendes y los trolls. Las mujeres son todas albinas de ojos celestes y acá el agua no es una commodity, total “tienen en abundancia”. Me espanté un poco como la derrochan junto con la comida. En fin, no podíamos ser parecidos estando a millones de kilómetros de distancia. Es lindo volver al verde y perderme con el movimiento en zig zag del río, bailar atrás de una cascada adentro de una cueva y nadar en aguas termales después de sentir mucho frío. Es realmente cierto que los icebergs sólo muestran un 10% de su superficie. Esa metáfora tantas veces usada para reflejar el producto final de X cosa fue confirmada por una guía en los glaciares. El 90% de mis días en Islandia entonces quedan reservados para mi en las profundidades. Luego de tanta capital europea, por fin el silencio y la paz para decantar. Saludable último viaje antes de volver a casa.

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Mein deutscher Großvater

De Hamburgo no puedo decirles mucho, tuve una impresión de ella sobre ruedas. Pude ver que es muy moderna y cero turística. Como dato de color, tiene el segundo puerto más grande de Europa. Pinta ser un buen lugar donde vivir. Mi bisabuela era hamburguesa (y yo fui milanesa jeje) y elegí vivir esta ciudad junto a un geronto. Algo en común encontré. Y me gustó. Porque mi objetivo en pasar varios días en Alemania era encontrar el espíritu de mis antepasados, de mi colegio, de vivir lo que tantas veces me contaron de la Segunda Guerra y esta gran potencia. Lección numero 1: una vez más no hay que escuchar a los estereotipos, los alemanes no son fríos. Existen tipos como Wolfgang que con sus 76 años y dos bypass me joroba por ser dormilona y comer rápido; me preguntaba sí su hijo me había dado un beso para que lo acompañe a un casamiento en Grecia; me chocaba la cabeza con su casco de estrellas en cada semáforo, me compraba salmón para el desayuno porque sabe que me gusta, me dio un juego de llaves de la casa y me preguntó si tenía registro para prestarme su auto. Así es, mi paso por esta ciudad nórdica alemana fue viviendo con el papá de un amigo que me hice en Milán y del cuál llegué a establecer una relación más profunda que con cualquiera de los padres de amigas de toda la vida.
Jugué o me sentí de verdad como si fuera su nieta: hacíamos pausas de 5 minutos porque se cansaba de caminar, le alcanzaba los remedios, le avisaba que estaba sonando el teléfono y le acercaba mi plato para que me robe ese pedazo de comida que relojeaba con deseo. Lamento que mi alemán del colegio sea tan básico y sólo haya podido tirarle algunas palabras sueltas que lo hacían sonreír: “gutten nacht grossvater”. Pero lo lindo de todo esto es que nos hicimos compañía mutua con los primeros partidos del mundial de fondo. Hamburgo fue mi primer destino de este mes y medio viajando sola, y este viejito no pudo haberme tratado mejor. Me buscó por el aeropuerto con un cartel con mi nombre y me dejó en la estación de tren cuando partí. Y eso que eran las 6 de la mañana y yo me había negado a aceptar tal gesto. Pero ya ven, los alemanes consiguen todo lo que quieren. Y este Wolfgang rompía con todos los parámetros nacionales. Por momentos me olvidaba con quien estaba tomando café en un balconcito sobre la calle, y por otros veía tanto a su hijo “Joschi” reflejado que mi día se alimentaba de ese encuentro tan rico y anormal. Supe entender más las conductas poco serias de mi amigo en Milán y el porqué de sus locuras. La respuesta era clara: tiene un viejo que se mueve en vespa a todos lados y sólo se preocupa por pintar animales.

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Arrivederci

Siento que hasta que no escriba esto, no me voy a poder despedir de vos. Quizás es por eso que no quiero hacerlo. Ya lo sé, que poder decir adiós es crecer, pero también vos deberías saber que tengo síndrome de Peter Pan y no quiero crecer nunca. ¿Qué hago? ¿Cómo empiezo? ¿Cómo resumo solo con palabras esto que hiciste de mí en los últimos cinco meses?

Tengo una aguja clavada en el centro de mi pecho. Si la saco, muero al instante. Si la dejo, muero lentamente. Vos no podes ayudarme, vos me clavaste esta aguja. Sé que voy a tener que dejarla para siempre acá adentro, como una marca imborrable de lo que sos, de lo que soy, de lo que fuimos. Voy a tener que morir lentamente y cada vez que me mueva un poco, la aguja se va a hacer notar y medio me va a sacar una lágrima, medio me va a robar una sonrisa.

Eso que sentí ayer cuando vi el Duomo otra vez después de 15 días es el sentimiento más perfecto del amor y del hogar. Y sí, qué voy a hacerle, acá me siento en casa. Voy al supermercado sabiendo que probablemente sea la última vez que lo haga. Ya no hay más despedidas, esta es una ciudad que está en un limbo de semestres y los jóvenes que no son milaneses ya volvieron a sus casas o están recorriendo Europa. Y yo, acá, tan apegada a vos, tan feliz por lo que viví, tan triste porque tengo que dejarte ir.

Antes de venir acá, una amiga me dijo: “Vas a ir a donde tengas que ir”. Y no es que seas perfecta para mí, es que yo me hice perfecta con y gracias a vos.

Sos Elizabeth Bennet de Orgullo y Prejuicio: la hija rebelde pero la preferida de su padre. Sos Italia, sí. Pero tampoco del todo.

¿Cómo es posible enamorarse tan perdidamente de una ciudad? Milán, me hace feliz tu Castello Sforzesco iluminado de noche. Tu Duomo tan magnífico de mármol blanco; tu gente tan italiana pero no; tu sofisticación y tu estilo; tus calles laberínticas; tus cables en el cielo; hasta tus obras en construcción que te preparan para la Expo Universal del año que viene.

Y al mismo tiempo, los recuerdos que más me quedan son esas birritas después de los exámenes en el Bar Magenta, ataques de shopping por el Corso Vittorio Emmanuelle, panzazos de comida en La Bóveda, aperitivos con amigos, la ebriedad de Colonne di San Lorenzo, encuentros en la plaza de acá a la esquina, ángeles guiando nuestro camino con palabras de aliento, risas descontroladas en el transporte público o en casa o en clase o en donde sea, armar valijas, desarmar valijas, poner ropa a lavar, cocinar, planchar, lavar, vivir.

Al final, quién hubiera dicho que la despedida más difícil no sería con una persona de carne y hueso.

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Navega, sin ser nunca sumergido

¿Qué hacen los parisinos en los Jardines de Luxemburgo un domingo a las 7 pm? ¿Cuántas personas habrán escrito hoy en este parque el nombre del parque? ¿Cuántas más personas como yo hay acá? Almas que creen encontrarse en la escritura, deseos de hacer cosas imposibles, llegar a la inspiración divina mirando la geometría de las flores o los pliegues de las estatuas.
París se deja recorrer. Hay algo en el aire, un no sé qué de otra época. No hace falta viajar en el tiempo. El simple hecho de estar allá es viajar al pasado. Y entonces tengo una revelación: Medianoche en París es una metáfora. “Sí, al final es sólo un truco”.
Absolutamente todas las sillas de los cafés miran a aquel desfile que son las rues parisinas. Un espectáculo de arquitectura y un crisol de razas; una pasarela del mundo.
Acá, por algún motivo, las palomas son más grandes. Creo entender ese deseo franco de regresar a la “grandeur” y me imagino a intelectuales extranjeros viniendo a conocer este lugar enigmático, y queriendo después copiar a imagen y semejanza a sus propias patrias. Se me ocurre que con Buenos Aires lo lograron en algunas esquinas.
Los parisinos no son tan amables, pero yo los entiendo. Su señora París se ha vuelto una ciudad de extranjeros por la que a veces caminan locales. Por la que a veces, a las 7 pm en los Jardines de Luxemburgo, hay locales.
Hoy, domingo, está repleto de gente, y yo no dejo de preguntarme cómo será la rutina viviendo en lugares como este.
Jean- Paul Sartre y Simone de Beauvoir andaban por el barrio de Montparnasse, al igual que Julio Cortázar. “Es un hombre muy querido, viene mucha gente a visitarlo”, me dijo un señor al pie de su tumba en el cementerio del barrio. “Era tan alto! Yo lo conocí una vez, hace más de 30 años… Muy simpático, y hablaba muy bien francés”. Ahí mismo, me encontré con unos peruanos que me preguntaron sí era pariente “del maestro”. Sonreí y negué con la cabeza. A veces, me gustaría poder mentir sin culpa.
Ernest Hemingway se sentaba a escribir en los cafés del Barrio Latino, por donde vivía, allá por la calle Cardenal Lemoine. Henrí de Toulousse- Lautrec pintaba burdeles y se inspiraba con prostitutas en Montmartre, donde también la Amélie del cine ayudaba a la gente.
Cae el sol y entiendo todo. París puede ser como la Tierra misma: inabarcable, imposible de conocer en su totalidad.
Hace frío ya, corre viento y me debería ir yendo. La gente levanta sus picnics y se prepara para encarar la semana. Yo sigo sentada, dejando que el viento me acaricie.
Pasa una horda de turistas asiáticos. Sigo acá, pensando que la mayor desventaja de la capital francesa se vuelve su fuerte. Es una de las ciudades más turísticas del mundo. La gente molesta y agota. Hacer filas puede ser un santo suplicio (ja). Sin embargo, hay algo. No sé qué es, pero está. Es un secreto que corre en el aire o en la corriente del Sena. No lo pueden atrapar ni las cámaras de fotos ni los cuadernos de viaje ni los museos. Lo que quiero decir es algo que viene tan de adentro mío que se me escapa. No sé cómo terminar esto. No sé cómo explicarlo, sólo puedo vivirlo.
Ya es la hora. Guardo mis cosas, y camino lento como nunca lo hago hacia afuera. Cruzo el umbral y me doy cuenta que me quedan pocos domingos hasta que vuelva a la rutina. Aunque también, son cada vez son más los que guardo con llave en el cajón.

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Me lo confesó el Egeo

Una ola y después otra. Mis pies se entierran cada vez más a medida que el agua dibuja formas en la orilla. Floto. Como sí fuese algún animal marino, me entrego a la hamaca turquesa. Se escucha vida por debajo. Esa sinfonía que viene del fondo que muy pocos logran escuchar. Mis pulmones se expanden a medida que inhalo lo que fueron estos meses. Pareciera que el mar me entiende y va refrescando la sensación de inmensidad que tuve al ver el Duomo por primera vez. Se ríe conmigo recordando a mis amigos “hermanos” mexicanos. Sigo estirada en el Egeo. Hay mucha gente que voy a extrañar. Se me acaba el soma y mi tiempo en el mundo feliz. Acaso el hombre descubrió la cura para volver a vivir en la realidad?
Lleno el cajón con arena y un atardecer vendehumo que cierra un nuevo ciclo. Me despido de mis dos amigas hasta el final de mi éxodo a Buenos Aires. Adioses y más adioses.
La orilla me devoró hasta los tobillos. Milán, el molde con el que vine de fábrica, y diseñó uno que me calza mejor. En este traje me siento mucho más yo. Soy el resultado de un sastre que no me corta las alas, o más bien un desastre lindo que proyecta un licuado de ciudades, gente y emociones a la vez. Creo ser mi versión mejorada. Espero serlo.
El mar refleja los perfumes y la experiencia vivida. Tal vez mi único diálogo verdadero sea con su eternidad.

We are one

En mi cabeza, restos de una noche épica resonando en el tercer piso y el humo y la confusión en Vía Boscovich. Llamados de auxilio, ojos rojos, borrachos sin remedio. Alguien robó un matafuego y todos corrimos. Muchos fueron culpables y víctimas al mismo tiempo. Todos fuimos culpables. Todos fuimos víctimas. Algunos más que otros.

-¿Qué problema tienen?

-No saben cómo sentir.

Y me pregunto eso sobre mí misma.

Gente de toga haciendo cosas en el sillón, con las luces prendidas. Gente ebria filmando, sacando fotos. Beer pong. El marco de una puerta salido. Ambiente de fiesta, fiesta mucha fiesta que no queremos que termine.
Y después los llantos, el remolino de emociones, la cámara rápida de despedidas una tras otra. Pam, pam, PAM. No te veo más, pero esto no es una despedida, es un hasta luego. Fiesta y despedidas en una misma noche. Alcohol y saludos finales no son una buena combinación.
Promesas de mantenernos en contacto y la sensación radical de que se creó un lazo para toda la vida. Pienso en el mundial y ya no me importa tanto que gane Argentina. Que gane México, los mexicanos están depedobuey. O que gane Australia, las australianas son las personas con más onda y originalidad que conocí en mi vida. O para el caso Chile, son todos hermanos y no enemigos. Holanda por qué no, están locos y me hacen cagar de risa. Hasta me animo a decir Alemania: representan a las contradicciones más queribles del mundo. ¿Y por qué Islandia no está en el mundial? Yo banco a la selección islandesa.
Milán es mi casa y las personas que conocí acá van a estar para siempre guardadas bajo llave en el cajón, para que no se escapen. Fueron unos pocos meses de mucha intensidad. Vivir esto con tantas personas de tantas partes del mundo fue lo que hizo de esta experiencia la mejor de mi vida. Estamos medio perdidos porque acá nos encontramos, y volver va a ser duro. Saber que me hice amigos que quizás no vea más me duele en el alma. Pero hay una cosa que es bien segura, y eso hace que la alegría de haberlos conocido sea más que el dolor de dejarlos ir. Ante la duda, siempre (pero siempre) tendremos Milán.

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In my head, the remainings of an epic night echoing from the third floor and the smoke and confusión in Via Boscovich. Calls for help, read eyes, hopeless drunkards. Somebody stole the fire extinguisher and we all ran like hell. We were all guilty. We were all victims. Some, more than others.

-What is their problem?

-They don’t know how to feel.

And what about me, I wonder.

People dressed up with togas. Drunk people recording stuff, taking their last pictures together. Beer pong. The frame of a door, completely broken. Party climate, party hard and don´t let it stop.

And then the weeping, the whirlwind of emotions, the fast paced camera of one goodbye after the other. Pam, pam, PAM. I won’t see you again, but this is not goodbye: this is a see you later. Party and goodbyes, all in the same night. Alcohol and final moments are not really a good combination.

Promises to keep in touch and the radical feeling that a life lasting bond has been created. I think of the World Cup and I don’t really care anymore if Argentina wins or not. Let Mexico win, Mexicans are “depedobuey”. Or Australia, Australians are the most original and stylish people I ever met in my life. Or for that matter Chile, they are our brothers and not really our enemies. America too; americans fit the stereotypes in the best possible ways, they all seem to be taken out from a movie (and I love movies). Netherlands, why not? They are crazy and they make me laugh so much. I even dare say Germany: they represent the most lovable contradictions ever. Why is Iceland not part of the World Cup? I would root for them as if it were my own country.

Milán is my home now, and the people I met here will be forever in my heart, locked with a key so that they can never escape (sorry for the cheap metaphor). These were only a few months but very intense. Living this with so many people from so many places is what made it the best experience of my life. We are all kind of lost because we found each other and ourselves while here, and coming back home will be hard for the most of us. I made friends that I might not see any more and that sounds kind of depressing. But there is one certain thing, and that makes the joy of having had met them bigger that the sorrow of letting them go. When in doubt, we will always have Milán.